Mares
azulejos llenos de gran espuma esparcida, se impregna un olor a birra en el
aire, ellos esperan detenidamente.
Su
cerveza brillante y de color amarillenta nos sorprende iluminando aquellos
mares.
La
larga espuma dispersándose, dando espacio para el acalorado alcohol que tanto
esperamos que siga cayendo sobre nosotros.
Los
pajarillos cantan, los cuidadores de la granja intentan mantener la calma de sus
animales, los del zoológico se preparan para un nuevo día de lo que no será esta
vez, refrescante.
Seis de la mañana, ha dejado de lloviznar agua salada, las estrellas que antes alumbraban el cielo han desaparecido, el azulejo va cambiando su tonalidad, ahora es un rosa viejo.
El
color amarillento de esa grata birra me deja a ciegas, metiéndose a la fuerza
por entre mis cortinas añejadas.
¡Más
vale una sombrilla para este día acalorado!
Unas
gafas oscuras no me serán de gran ayuda, por ahora aquellos mares sólo se están
recuperando con ayuda de un delineado arcoíris de entre la espuma dispersada.
La
cerveza… ¡Que digo!, ¿cuál era palabra correcta en vez de ésta obscenidad? Ah, sí… el Sol. Brillante Sol que ahora alumbra todo lo que tiene a su alcance de
la ciudad, deshaciendo la oscuridad de los callejones, despertando las ganas de
un nuevo día.
Alumbrando
las caras largas, dejando ver las ojeras que la noche pasada nos obsequió a
nuestros rostros.
Adultos con prisa, disgustados por la fuerza de su líquido amarillento convertido en rayos solares, esa que suelta la bola de fuego, saliendo de su escondite por entre las montañas lejanas.

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